Hablemos de TCA y patologías digestivas y autoinmunes

El pasado 30 de noviembre fue el día de acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria, y para ello quería abrir un melonazo que, bajo mi punto de vista, es un tema que lleva estando delante de nuestras narices unos cuantos años y no se le ha dado suficiente importancia. Como ya sabes por haber leído el título, vamos a hablar de los Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) y por extensión, de mala relación con la comida en general, en el caso de patologías digestivas y autoinmunes.

Afortunadamente, no he sido la primera ni seré la última en hablar de este tema. Muchxs compañerxs nutris, TSDs y psicos han empezado a hablar de ello porque lo ven cada vez con más frecuencia en las consultas. Por tanto, como colectivo profesional nos toca tocar tierra y reflexionar:

  • ¿Qué estamos haciendo mal o regulín con algunos pacientes de digestivo y/o de autoinmune?
  • ¿Estoy suficientemente atento/a a posibles banderas rojas que me hagan sospechar de una mala relación con la comida?
  • ¿Es imposible no restringir X alimentos o hay otras alternativas para poder liberalizar la alimentación de ese/a paciente un poco?
  • (…)

Después de lanzar estas preguntas al aire y de que te tomes la libertad de tú también preguntarte lo que te nazca, yo me voy a meter de lleno y explicaros un poco lo que he ido leyendo recientemente sobre este tema. Aviso de que es, probablemente, la entrada más densa y seria que he escrito, pero es un tema serio que me preocupa bastante y quería desarrollarlo con algo más de fundamento, ¡espero que os guste y que os sea útil!♥

¿Por qué es tan importante hablar de esto?

Dejar de normalizar conductas de riesgo

Quitar cada vez más y más alimentos de la dieta por miedo a la aparición de sintomatología, o bien porque alguien (probablemente sin formación específica, o cualquier cafre con formación específica) te lo ha recomendado así.
Estar con una dieta baja en FODMAPs más del tiempo estrictamente necesario (meses, o incluso llegar al año o más).
Tener miedo a reintroducir alimentos (y no hacerlo).
Suplir la falta de variedad en la alimentación con una lista de suplementos tan larga que al lado de ella, el ticket de tu compra mensual parece un haiku.
Pasar horas pensando en comida: qué vas a comer, por qué lo has comido, cómo te ha sentado cada uno de los ingredientes de cada ingesta, etc.
Dejar de hacer planes que impliquen comer algo fuera de tu “zona confort” o directamente llevar un tupper con las 4 cosas que (crees que) puedes/debes comer.
Registrar hasta los gramos de perejil que tomas y la marca de agua embotellada que bebes.

Conductas como esta y muchas más cada vez las observamos más frecuentemente en pacientes con patologías autoinmunes y, en especial, en las patologías gastrointestinales. Esto se debe en gran medida a que los pacientes con este tipo de patologías o trastornos parecen mostrar mayor preferencia por terapias no farmacológicas, especialmente las dietas terapéuticas, ya que cada vez hay mayor evidencia de que puede contribuir a una reducción y/o manejo de los síntomas (1).

La importancia de la escala de grises en el tratamiento dietético

A pesar de que una dietoterapia bien respaldada por la evidencia puede proporcionar alivio de los síntomas para muchos pacientes, existe preocupación por el papel potencial de dichas terapias dietéticas restrictivas (tanto si la restricción es a nivel cualitativo o cuantitativo) para aumentar el riesgo de desarrollar un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) o una relación desordenada/disfuncional con la comida (1).

El manejo de condiciones de salud crónicas que se ven influenciadas de alguna manera por la dieta, como por ejemplo puede ser el caso de la celiaquía o del síndrome de intestino irritable (SII), se ha asociado con una mayor prevalencia de actitudes y comportamientos alimentarios desordenados o disfuncionales, debido a factores como la necesidad de controlar los alimentos que “se pueden” o no comer, combinada con el temor sobre la aparición de sintomatología asociada a la ingesta de determinados alimentos o simplemente por el hecho de comer (2).

A su vez, en el caso de los pacientes con trastornos gastrointestinales, son propensos a presentar una mayor conciencia (hipervigilancia) de la ingesta dietética, y cuando los pensamientos o comportamientos relacionados con la alimentación resultan excesivos, esto puede llevar a angustia psicológica, compromiso nutricional derivado de la restricción de alimentos, y perjudicar el tratamiento médico (3).

Por tanto, para mejorar la calidad de vida de estos pacientes y el pronóstico de su patología sin cargarnos o empeorar su relación con la comida, resulta fundamental la identificación de aquellos pacientes con riesgo de desarrollar TCA o una relación disfuncional con la comida para así establecer un tratamiento en el que se tenga en cuenta ese riesgo, incluya intervención psicológica y en el que se aplique la menor restricción alimentaria posible requerida para la eliminación o control sintomático (3).

TCAs: cuando la alimentación ocupa más espacio del que debería

Los TCA constituyen un espectro que incluye síndromes de trastornos alimentarios bien reconocidos con criterios de diagnóstico definidos, como es el caso de la anorexia nerviosa (AN), bulimia nerviosa (BN) y el trastorno por evitación o restricción de la ingesta de alimentos (ARFID por sus siglas en inglés, o TERIA por sus siglas en español). También se incluye bajo este término aquellos síndromes que no cumplen todos los criterios para ninguno de los trastornos anteriores, pero cuyas conductas (saltarse comidas, atracones, restricciones de alimentos innecesarias…) y cogniciones tienen consecuencias negativas para su salud y/o causan malestar psicológico (2,3).

Bidireccionalidad con patologías digestivas y autoinmunes

Un aspecto importante a tener en cuenta es que la relación entre TCA y patologías autoinmunes y gastrointestinales es bidireccional, es decir (1-3):

  • Pacientes con enfermedad autoinmune y/o gastrointestinal son población de riesgo para desarrollar una conducta alimentaria alterada, incluso un TCA.
  • Las personas con TCA a menudo presentan síntomas gastrointestinales y muchas de ellas incluso llegan a desarrollar alguna patología gastrointestinal.
  • También hay indicios de que muchas personas con TCA acaban desarrollando alguna patología autoinmune, probablemente debido a que ambas condiciones compartan uno o más factores de riesgo (se están barajando posibilidades como determinadas variantes genéticas, sexo femenino…).

Un poco de etiología

Los TCA son un problema de salud importante que aumenta el riesgo de mortalidad de los pacientes de forma notable, ya que acaba impactando enormemente en la calidad de vida, especialmente en aspectos médicos y sociales. Entre los muchos mecanismos que se han propuesto como contribuyentes a la patogénesis de los TCA se encuentran los trastornos de sistemas serotoninérgicos, monoaminérgicos y de neurotransmisores, complicaciones obstétricas, exposición a determinados factores ambientales, factores genéticos y otros trastornos psiquiátricos (ansiedad, depresión, Trastorno Obsesivo Compulsivo o TOC…).También pueden ser desencadenados por el diagnóstico de una patología que requiera modificaciones dietéticas transitorias o permanentes, ya que puede aumentar la hipervigilancia de los síntomas y la ingesta dietética (3,4), suponiendo un factor de riesgo para aquellos pacientes que reúnen otros factores de riesgo más para el desarrollo de una relación disfuncional con la comida.

Por último, a modo de información extra, cabe destacar que los TCA, a pesar de que están presentes en todos los sexos y edades, son más prevalentes en el sexo femenino y suelen debutar más en la adolescencia (5).

Patologías digestivas y TCA

Los TCAs son muy prevalentes en pacientes adultos con afecciones gastrointestinales, especialmente en aquellos pacientes con trastornos de la interacción intestino-cerebro (DGBI por sus siglas en inglés) en comparación con los pacientes con trastornos gastrointestinales orgánicos (1,3,5).

Los trastornos gastrointestinales se tratan cada vez más mediante medidas higiénico-dietéticas, dado que los pacientes suelen atribuir la aparición y/o agravamiento de los síntomas (tanto los gastrointestinales como los extradigestivos) a la ingesta de determinados alimentos (3). En consecuencia, una proporción de pacientes comienza a restringir excesivamente su dieta, lo cual deriva en retroalimentar la hipervigilancia respecto a los síntomas y la ingesta dietética, además de incrementarse el riesgo de padecer deficiencias nutricionales y de desarrollar una relación distorsionada con la alimentación o un TCA (3).

Además, también existen otros factores que “alimentan” esa mala relación con la alimentación: la distensión abdominal puede exacerbar la dismorfia corporal y cuando se da una pérdida de peso provocada por trastornos gastrointestinales, ésta puede ser el desencadenante de una conducta alimentaria alterada preexistente en pacientes que ya cuentan con una percepción distorsionada del peso corporal (y otros posibles factores de riesgo) (3).

Ortorexia y DGBI

La ortorexia nerviosa (ON) se podría describir de forma resumida como un trastorno de la conducta alimentaria que se caracteriza por un enfoque obsesivo en comer solo aquellos alimentos percibidos como saludables, y por el comportamiento compulsivo y la preocupación mental en torno a la alimentación, que se vuelven patológicos y perjudiciales (1). En el caso de los trastornos gastrointestinales, se ha observado especialmente en pacientes con DGBI, como es el caso del SII (1). De hecho, se ha observado que aquellos pacientes con SII que evitan y restringen severamente los alimentos son aquellos que tienen síntomas más graves en general, una calidad de vida reducida y una ingesta de nutrientes reducida (1).

A diferencia de otros TCAs, normalmente la ON no suele ir vinculada al deseo de modificar la forma o tamaño del cuerpo, ni el peso corporal, sino más bien a convicciones respecto al valor de los alimentos para la salud (1). En algunos estudios se ha observado que los pacientes con trastornos gastrointestinales que llevaron a cabo modificaciones dietéticas por “problemas digestivos” tenían mayor riesgo de ortorexia (1). Sin embargo, lo cierto es que todavía no es posible conocer con exactitud las cifras de prevalencia de la ortorexia (en general, no solo en población con trastornos gastrointestinales), ya que no hay una única herramienta de diagnóstico estandarizada y eso hace que tengamos discrepancias en tasas de prevalencia de ON en la literatura, que pueden oscilar desde el 0% al 97% (una barbaridad, vaya) (1).

ARFID en patologías digestivas

El Trastorno por Evitación y Restricción de la Ingesta de Alimentos (TERIA), aunque a menudo lo conocemos más por sus siglas en inglés (ARFID), es un trastorno de la conducta alimentaria en el que se evita la ingesta de ciertos alimentos, ya sea por aversión a alguna característica del alimento en sí (color, textura, olor, forma…), por miedo a alguna posible consecuencia negativa derivada de la ingesta (atragantamiento, aparición de síntomas gastrointestinales, asfixia, reacciones alérgicas…) y/o falta de interés en la comida.

El ARFID comparte con la ON el hecho de que no busca o depende de cambios en el peso, tamaño o forma corporal. Sin embargo, en este caso la restricción y/o evitación de alimentos viene derivada, en el caso de los trastornos gastrointestinales, más bien por las consecuencias aversivas de comer (1).

Se ha observado que el diagnóstico de ARFID ocurre con frecuencia en pacientes con gastroparesia y EII, aunque en pacientes con DGBI también es cada vez frecuente y se relaciona con el miedo a la aparición de síntomas gastrointestinales (1). En el caso de gastroparesia, la única cifra de prevalencia que se conoce se encuentra en torno a un 55%; aunque cogeremos este dato con pinzas, la idea es que os quedéis con que este tipo de pacientes tiene riesgo considerable de desarrollar este TCA (3).

Relación bidireccional entre los TCA y patologías digestivas

Como hemos mencionado antes, existe una relación bidireccional entre ambos tipos de trastornos, y no siempre resulta sencillo comprender si la causa subyacente primaria de un paciente es el trastorno alimentario o el gastrointestinal.

Diagnóstico inicial de TCA

Por un lado, los pacientes con TCA muestran a menudo molestias gastrointestinales, principalmente derivadas de la inanición (p.ej. disminución transitoria de producción de enzimas digestivas, tránsito intestinal más lento, actividad anormal del esófago…), que aunque suelen mejorar con la realimentación, bien es cierto que igualmente los pacientes pueden acabar desarrollando igualmente un trastorno gastrointestinal a posteriori, especialmente DGBI como el SII (4).

En cuanto a la prevalencia, en un estudio se mostró que el 64,4% de las personas con TCA tenían SII y que el 87,7% acababan desarrollando SII al cabo de 10 años después de su TCA (1). Por otro lado, en otro estudio se observó que un 88,2% de pacientes con AN y el 94,7% de pacientes con BN tenían al menos un DGBI (1).

Entre las posibles causas o factores que contribuyen a que una persona con TCA pueda acabar desarrollando un trastorno gastrointestinal, especialmente un DGBI, se encuentran (1,3,4):

  • Factores relacionados con la desnutrición y el agotamiento de electrolitos, lo cual acaba afectando a la motilidad de todo el sistema digestivo (esófago, estómago, intestino).
  • Factores relacionados con la microbiota. Se ha observado que pacientes con AN muestran una composición y diversidad microbiana diferente (similar a las diferencias de composición de la microbiota observadas en algunos pacientes con SII) con niveles más elevados de microorganismos productores de metano, los cuales se relacionan con un tránsito intestinal más lento.

Diagnóstico inicial de trastorno gastrointestinal

Se estima una prevalencia de TCA que oscila entre 13 y 55% si aunamos diversos trastornos que afectan al aparato digestivo (incluyendo celiaquía, EII, TFDs…). En este sentido, destaca de nuevo la mayor prevalencia en pacientes con DGBI (3).

Acerca de factores de riesgo que pueden influir en que los pacientes con trastornos gastrointestinales desarrollen un TCA, de momento de los que se han encontrado asociaciones son el sexo femenino, edad más joven, gravedad de los síntomas, comorbilidades psicológicas (ansiedad y depresión) y menor calidad de vida, así como también las modificaciones en la dieta (normalmente de tipo restrictivo) (3,4).

¿Qué hacemos con estos casos?

Queda claro que, a pesar de que a veces no sabemos qué fue antes (si el TCA o el trastorno gastrointestinal), en aquellos pacientes con trastornos gastrointestinales, especialmente DGBI, resulta fundamental identificar aquellas personas en riesgo de desarrollar un TCA o una conducta alimentaria alterada. Además, dada la importancia del tratamiento psicológico tanto en el caso de los trastornos gastrointestinales (especialmente en SII) y en los TCA o relaciones distorsionadas con la comida, es recomendable que el tratamiento de estos pacientes sea multidisciplinar e integral, incluyendo medicación (si se precisa), educación del paciente, cambios en el estilo de vida e intervención psicológica (3-5).

Patologías autoinmunes y TCA

Aunque todavía no contamos con mucha evidencia al respecto, algunos autores están empezando a reportar que la disfunción del sistema inmune puede estar asociada con los TCA, y que además esta relación sería bidireccional (6). Es decir, los diagnósticos de enfermedades autoinmunes parecen aumentar el riesgo de desarrollar posteriormente AN, BN u otros trastornos alimentarios, y a su vez esos TCA incrementan el riesgo de debutar posteriormente en una enfermedad autoinmune (6).

Todo esto podría tener implicaciones para la detección, evaluación de riesgos y tratamiento tanto de enfermedades autoinmunes como de los TCA. Sin embargo, todavía persisten muchas dudas sobre la naturaleza de la relación entre estas entidades patológicas (6).

Hedman et al. (2019) en su momento hipotetizaron que esa relación bidireccional podía sugerir un mecanismo compartido, como una desregulación del sistema inmune o una vulnerabilidad genética compartida, o una tercera variable mediadora operativa. Por ejemplo, cambios relacionados con enfermedades autoinmunes en la conducta alimentaria, efectos secundarios de los tratamientos farmacológicos, desregulación de la insulina, el estrés propio de padecer una enfermedad de ese tipo, etc., que conducen a alteraciones de la salud, regulación del apetito, etc. (6).

Por otro lado, es importante no olvidar el hecho de que estamos hablando de condiciones crónicas, con lo que lleva de forma implícita cierta angustia psicológica que puede desencadenar alteraciones en la conducta alimentaria. De hecho, se encuentra una mayor prevalencia de actitudes y conductas alimentarias desordenadas y mayores puntuaciones en BES (Binge Eating Scale), que es un cuestionario autoinformado utilizado para evaluar comportamientos de atracones (2).

Enfermedad celíaca (EC) y TCA

La necesidad de llevar un control de la alimentación, que además lleva implícito cierta restricción dietética de un grupo determinado de alimentos, unida a los temores sobre la eficacia de la dieta sin gluten y las preocupaciones en torno a la aparición de sintomatología, pueden conducir a personas con EC a desarrollar un TCA (2).

De momento existen pocos estudios sobre la prevalencia de los TCA en la EC, pero de los que disponemos actualmente podríamos decir que la prevalencia de los TCA en EC se encuentra en torno a un 22-29%, pero ojo con estas cifras porque no corresponden a diagnósticos en firme, sino a resultados basados en que esos pacientes obtuvieron puntuaciones por encima de los puntos de corte clínicos en los cuestionarios que se evalúan la AN y la BN (2), por lo que no es del todo realista.

Lo que solucionamos por un lado, lo empeoramos por otro

En el caso de la EC, lo curioso es que no solo se observan casos de TCA restrictivos, sino aquellos en los que los atracones están presentes. Sin embargo, mientras que algunos autores proponen que la presencia de atracones podría no estar relacionada directamente con la celiaquía y dieta sin gluten, sino más bien por el estrés o angustia que supone a tener una condición crónica en la que hay que llevar un control de la dieta toda la vida (2), otros resaltan que los atracones son el resultado de la restricción dietética (6).

Por el momento hasta que se hagan más estudios y que éstos incluyan grupos de control, todavía no podemos extraer conclusiones de si el TCA está relacionado con el diagnóstico de EC o más bien con la carga inespecífica de una condición de salud crónica o, lo que es más probable, que realmente sean ambas cosas y otras variables que todavía no se han considerado (2).

Perfiles y conductas de riesgo

Algo interesante a comentar, es que se han observado diferentes conductas alimentarias alteradas en personas con celiaquía que nos pueden ayudar a sospechar de que algo no va bien (2,6):

  • Algunas personas experimentan una ansiedad extrema ante alimentos desconocidos, temen alimentos preparados fuera de su control y/o sobreestiman las consecuencias negativas asociadas con su condición, lo cual les lleva muchas veces a afrontar la situación comiendo una variedad muy limitada de alimentos.
  • Otras personas, tras llevar una dieta libre de gluten durante el suficiente tiempo como para que las vellosidades intestinales se hayan recuperado del todo (o casi), experimentan una subida de peso, lo cual les lleva a desarrollar conductas restrictivas para bajar el peso subido o recuperado (en caso de haberlo perdido antes del diagnóstico). Algunos autores han mencionado que ese aumento de peso lleva a cierta insatisfacción corporal, que es un factor de riesgo para el desarrollo de TCA.
  • Se han dado algunos casos clínicos de pacientes que ingerían intencionadamente gluten para que, en consecuencia de los síntomas gastrointestinales, tuviera lugar una reducción de peso.

Como podéis ver, a pesar de que no hay nada en claro, sí que se debería considerar a los pacientes con EC, al igual que a los que tienen Sensibilidad al Gluten No Celiaca (SGNC) como población de riesgo de conductas alimentarias patológicas o TCA, dado que la restricción dietética permanente y la hipervigilancia en torno a la alimentación y síntomas, pueden fomentar la preocupación y la ansiedad de la comida (2,6).

Enfermedad Inflamatoria Intestinal (EII) y TCA

Aunque el manejo dietético de EII es bastante diferente al de la EC, en el sentido de que es menos estricto y reglamentado (2), se ha observado que las personas con EII a menudo cambian su comportamiento alimentario en relación con su enfermedad y muchas pueden llegar a percibir la comida como un factor de riesgo para que suceda un brote, disminuyendo así su placer al comer (6) y fomentando la restricción de ciertos alimentos tanto antes como durante los brotes (2).

Diabetes y TCA

Otra patología en la que se ha detectado mayor riesgo de desarrollar una conducta alimentaria alterada o un TCA (AN, BN, otros TCAs) es la diabetes, tanto si es de tipo I como si es de tipo II (2). En las personas con diabetes se hipotetiza que los comportamientos necesarios para el manejo de su enfermedad, como el control de los carbohidratos, la restricción y control de las porciones, el control del azúcar en la sangre, el ejercicio físico regular, etc., tienen el potencial de pasar de ser conductas saludables a patológicas, aumentando el riesgo de TCA (6).

Dietoterapias varias y TCA: ¿daños colaterales?

El tratamiento de trastornos gastrointestinales y muchas patologías autoinmunes a menudo implica llevar a cabo dietas restrictivas tanto a corto como a largo plazo, y existe cierta preocupación en torno al posible riesgo de desarrollo de conductas alimentarias patológicas y TCA que conlleva la realización de dichas restricciones dietéticas (1).

Dieta baja en FODMAPs

En el caso del SII, la dieta baja en FODMAPs (considerada como tratamiento dietético de primera línea para el manejo de SII), donde se restringen globalmente todos los FODMAP de la dieta durante 4-8 semanas para establecer cualquier reducción de los síntomas y posteriormente reintroducirlos de forma paulatina, puede resultar muy difícil de seguir, dado que los FODMAPs son carbohidratos muy comunes en una dieta “normal” (5).

A pesar de que esta dietoterapia es muy eficaz a la hora de reducir los síntomas y la calidad de vida de los pacientes, se ha observado que hasta un 57% de los pacientes con SII que siguieron estrictamente una dieta baja en FODMAPs mostraron características alimentarias desordenadas (medidas mediante el cuestionario SCOFF, que sirve para detectar la presencia de un TCA) (1). De hecho, algunos pacientes son reacios a reintroducir los FODMAP y tienden a alargar la fase más restrictiva de la dieta durante mucho más tiempo del apropiado (1).

Dieta sin gluten (GFD)

En el caso de la EC, como ya sabemos, el único tratamiento del que disponemos actualmente es llevar de por vida una GFD. Obviamente es eficaz para reducir síntomas, mejorar calidad de vida y reducir riesgos de complicaciones (1). La adherencia depende bastante de cada persona y su contexto (1), pero como hemos visto ya anteriormente, el hecho de implantar una restricción dietética ya es un factor de riesgo para desarrollar una conducta alimentaria alterada.

Alimentación en casos de EII

En el caso de la EII, se utilizan cada vez más dietoterapias específicas. Aunque la evidencia es por el momento limitada, se han propuesto múltiples dietas terapéuticas, como la mediterránea y otras de perfil antiinflamatorio. Y, como hemos mencionado antes, se ha observado cierta prevalencia en la evitación de alimentos y conductas restrictivas en este grupo de personas, tanto antes como después de un brote (1, 2).

Prevención de TCA en patologías digestivas y autoinmunes

Con todo esto creo que algo que podemos sacar en claro es que dado que los patrones dietéticos restrictivos pueden ser un factor que contribuya al desarrollo de conductas alimentarias disfuncionales y TCA, antes de prescribir cualquier dietoterapia de este tipo es recomendable realizar cribados y pruebas de detección en aquellos pacientes de riesgo ANTES de recomendar modificaciones dietéticas (1,3).

Desde el momento que se implementa cualquier tipo de modificación en la alimentación, especialmente en las de tipo restrictivo, sería recomendable que cada cierto tiempo vuelvan a repetirse los cribados y pruebas de detección de TCA (1,3). De igual manera, en aquellos pacientes que más puedan estar en riesgo o que de hecho ya tengan un TCA (o hayan pasado por él), se recomienda que, si la terapia dietética es ineludible (por el motivo que sea), esos pacientes cuenten con una intervención psicológica para así poder abordar conjuntamente el TCA y el trastorno gastrointestinal y/o autoinmune (1,3).

Buenas prácticas

Por último, cabe resaltar algunos aspectos a tener en cuenta en el caso de que se implante un tratamiento dietético restrictivo (1):

  • Evitar describir alimentos de forma que puedan fomentar rigidez, reglas a cumplir o incluso valor moral, por ejemplo: “bueno/malo”, “permitido/prohibido”, “seguro/inseguro”, “apto/no apto”, etc.
  • Siempre que sea posible, optar por enfoques más del tipo “de arriba hacia abajo” (de menor grado de restricción a mayor), en lugar de optar por “de abajo hacia arriba” (quitar mucho al principio y luego ir introduciendo), ya que con la primera opción el paciente estaría más tiempo comiendo con menos restricción. La idea es aplicar la menor restricción posible que permita una mejora de los síntomas y de la calidad de vida del paciente.
  • Sería ideal contar con un seguimiento multidisciplinario regular en el que se incluyan valoraciones sobre relación con la comida, riesgo de TCA, etc., especialmente en los casos donde la restricción dietética se va a dar inevitablemente a largo plazo o incluso de por vida.
  • Los pacientes con múltiples prácticas alimentarias restrictivas, es decir, aquellos que a parte de las restricciones alimentarias derivadas del tratamiento de su patología, tienen otro tipo de restricciones dietéticas (por motivos religiosos, veganismo/vegetarianismo…), deben también considerarse de riesgo para desarrollar TCA y relaciones disfuncionales con la comida, y quizás requieran un seguimiento más frecuente como prevención.

Algunas conclusiones

De toda la chapa que os acabo de soltar, nos podemos quedar con que los TCA (y conductas alimentarias alteradas en general) son más prevalentes en personas con trastornos gastrointestinales que en la población general, especialmente cuando se trata de DGBI como el SII (3). Y todo parece apuntar que sucede lo mismo con algunas enfermedades autoinmunes, especialmente en el caso de celiaquía, EII y diabetes (2,6).

Los TCA entre pacientes con molestias gastrointestinales pueden deberse a la hipervigilancia de los síntomas gastrointestinales y la ingesta dietética, así como también a la aversión a la comida que suele acompañar a esa hipervigilancia (2,3).

Por tanto, resulta esencial que si eres un profesional sanitario que está en contacto con personas con trastornos gastrointestinales y/o autoinmune, estaría bien que tuvieses siempre presente lo siguiente:

  • Antes de implementar cualquier tipo de patrón dietético específico, es fundamental identificar el posible riesgo de desarrollar TCA o incluso si ya hay alguno presente (o una relación mala con la comida, ya que igualmente merece prestarle atención aunque no sea un TCA como tal).
  • En pacientes en los que se implemente cualquier tipo de restricción dietética, aparte de intentar que la restricción sea lo mínima posible y de personalizar la dietoterapia a los gustos, preferencias y contexto del paciente, lo ideal sería ver si, en medida de lo posible, se puede contar con que haya un equipo multidisciplinario que incluya aparte del personal médico, incluya también un TSD o DN y un psicólogo.

… ¡Y ya estaría!

Sin duda tenía ganas de abordar este tema por aquí y seguirá estando presente en futuros post, porque todavía tengo mucho, muchísimo que leer sobre este tema. Además, creo importante hablar de esto, ya que en el ámbito de la nutrición siempre debemos tener presente a la persona que tenemos delante y preguntarnos si la dietoterapia que vamos a aplicar puede tener consecuencias negativas, y ser más flexibles: el que una dietoterapia sea muy eficaz para resolver el principal motivo de consulta de un paciente, ¿nos sirve de algo si nos genera daño por otro lado?.

Dudo que merezca la pena poner en práctica cualquier tipo de dietoterapia que ponga en riesgo la relación del paciente con la comida. Es nuestra responsabilidad estar atentos ante posibles banderas rojas y conductas de riesgo, y actuar en consecuencia: restringir lo mínimo posible, personalizar y adaptar la dietoterapia a gustos y preferencias del paciente, y derivar a psicología con consentimiento del paciente.

¿Qué opinais vosotrxs?. Si sois nutris, TSDs o psicos, ¿qué tipo de experiencia tenéis en consulta con pacientes con patologías digestivas/autoinmunes?. Me encantará leer vuestras impresiones y cualquier aportación☺︎ Y por supuesto, os podéis poner en contacto conmigo por si me queréis comentar algo en privado.

¡Un abrazo desde el otro lado de la pantalla!♥

P.D. Os dejo por aquí las referencias bibliográficas.

Referencias

[1] Tuck CJ, Sultan N, Tonkovic M, Biesiekierski JR. Orthorexia nervosa is a concern in gastroenterology: a scoping review. Neurogastroenterology & Motility. 2022; 34(8): e14427.

[2] Satherley RM, Howard R, Higgs S. The prevalence and predictors of disordered eating in women with coeliac disease. Appetite. 2016: 107: 260-267.

[3] Peters JE, Basnayake C, Hebbard GS, Salzberg MR, Kamm MA. Prevalence of Disordered Eating in Adults with Gastrointestinal Disorders: A Systematic Review. Neurogastroenterology & Motility. 2022: 34(8): e14278.

[4] Kayar Y, Agin M, Dertli R, Kurtulmus A, Boyraz RK, Onur NS, Kirpinar I. Eating disorders in patients with irritable bowel syndrome. Gastroenterología y Hepatología. 2020; 43(10): 607-613.

[5] Mari A, Hosadurg D, Martin L, Zarate-Lopez N, Passananti V, Emmanuel A. Adherence with a low-FODMAP diet in irritable bowel syndrome: are eating disorders the missing link?. European journal of gastroenterology & hepatology. 2019; 31(2): 178-182.

[6] Hedman A, Breithaupt L, Hübel C, Thornton LM, Tillander A, Norring C et al. Bidirectional relationship between eating disorders and autoimmune diseases. Journal of Child Psychology and Psychiatry. 2019; 60(7): 803-812.

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